Ok. Se me borra la risa, me subo los pantalones y me tumbo en el sillón.
Para cuando sale el sol me doy cuenta de que mi saliva seca endureció algunas páginas.
Una malsana afición por el ruido y las melodías


Mis palabras son manchones en paredes, bocanadas de vaho en los vidrios empañados. Mis palabras son dibujos titubeantes con colores de cera, manos temblorosas en un cuerpo inexplorado. Son música de niños, de tonos discordantes; flautas de pan repitiendo las lecciones de la tarde. Mis palabras son coágulos ocres emplastados en banquetas, es jadeo intermitente y el eructo inapropiado, el ruido de la orina golpeando entre los bloques, la miseria conjugada y un fraseo de lamentos. Mi palabra es vana, insulsa y trastocada y no por eso se mantiene aprisionada. Mi palabra tiene piernas y se arrastra, rasgándose entre piedras afiladas; es guerrero derrotado, es la hierba que se corta y que se quema. Mi palabra es floja, inconsistente; es reclamo adolescente anacrónico y ya rancio; mi palabra va de largo, convencida de que el mundo será sordo a su estridencia. Mi palabra parapléjica sobrevive a los legrados que buscaban abortarla, Mis palabra no es de fuego, tampoco rayo de hielo; no es siquiera hiriente sarcasmo -último refugio del que le teme al rechazo-, es más bien baba lechosa, de quien mantiene cerrada su boca en anonimato; no hay verdades ni rupturas, tampoco despejan dudas, no son lumínico-etéreas. No, mi palabra es ignominia, es parte diseccionada del colectivo ordinario; es mestizaje sin rumbo viviendo entre los chiqueros. Mi palabra es la tibieza del que agacha la cabeza; es basurero de verbos. tiradero de gerundios, panteón de los sustantivos.
Mi palabra tiene tierra y oxido en los pulmones; mi palabra es una cuerda reventada y un vaso de nieve seca con refresco de toronja y cenizas de cigarro.
Mi palabra ni es palabra; es palabrería hueca y su nombre es legión.
“Uhh, este vato; le tiene amor a los trompos…” me decían los niños mas grandes –mas maleados- del vecindario, cuando me quebraban mi trompo recién comprado, con los colores todavía vivos y el sedal blanco y sin mugre. Yo me iba a mi casa, con los pedazos de madera recién partidos, abiertos como carne. Las risas y las burlas sonaban a mis espaldas, y me aguantaba el llanto mientras me alejaba de la esquina.
Yo no lo sabía, pero el trompo quebrado en realidad no era lo que me dolía; era la sorna y el sentimiento de abuso y rechazo, era el mal pedo y agandalle de los demás, la intuición de que te acaban de hacer pendejo, la inferioridad latente en los huesos, el saberse el miembro más débil y vulnerable de la cuadra; todo eso tomaba forma de trompo quebrado y dolía como la chingada.
Hoy un trompo quebrado (el objeto) me tendría sin cuidado; pero como la vida es una combinación de repeticiones con infinidad de variantes, el trompo de mis años infantiles va tomando formas diferentes, y por lo general, progresivamente mas dolorosas.
La vida, ingeniosa como ella sola, encuentra cada cierto tiempo formas nuevas de quebrarme el trompo, y yo, como en aquellos lejanos años, lo sigo colocando inocentemente sobre la banqueta, esperando el golpe fulminante, las bullas, los gritos y risotadas.
Y es así que hoy traigo un trompo gastado en el bolsillo, enredado en la cuerda de mis vicios, con la cabeza quebrada de problemas y la punta de metal floja y achatada a punta de errores; canqueado, viejo y despintado, dispuesto aun a girar lastimeramente errático.
Si, le sigo teniendo algo de amor a mi trompo y ahora aquí estas tú, bailándolo en tu mano, inconsciente, divertida, sin imaginar siquiera que, si se te cae, se desmadraría sin remedio.
